lunes, 2 de mayo de 2011

• Cómo reconocer enemigos y evitar sus influencias

Para Álvaro Farré portento de amigabilidad

Muchísimas personas creemos no tener enemigos. Pero del mismo modo que hay día  porque hay noche,  si hay amigos es porque hay enemigos.

El enemigo es ese personaje que se alegra íntimamente cada vez que tiene noticia de que te equivocas, sufres o fallas. Tal predisposición normalmente no enorgullece a su protagonista, por lo cual el enemigo raramente  hace ostentación de su calidad de tal.


Aunque tú le desconozcas  a él, tu  enemigo  no solo no  te ignora, sino que piensa en ti y seguramente en cómo podrían irte peor las cosas. Lo más habitual es que pase por ser "alguien de los tuyos" y precisamente por eso, puede ponerte en jaque. Vamos a ver como practicas la sensibilidad a tus corazonadas una de tus más grandes fuentes de poder.

Recuerda que tus enemigos suelen ir de incógnito: no lo son porque tú abrigues sentimientos dañinos hacia ellos, sino porque ellos los sienten hacia ti. Si se encuentran cerca tuyo infiltrados, con  todo lo que saben de ti y la confianza que les tienes, estás en sus manos. 

Normalmente cuando alguien desenmascara a un traidor en su propio equipo, suele decir "¡Todos lo veían menos yo!". Bien, tú puedes ver lo que otros ven, pero solo si enfocas en la dirección indicada. Dáte cuenta de lo que ven terceros sobre vuestra relación escuchando tu instinto y tu intuición. 

Mira a tu alrededor  desde una actitud expresamente escéptica, no des nada por sentado y atiende tus corazonadas. Te será posible  aprender de  sus  evoluciones: triquiñuelas, falsedades y tramas con solo preguntarte: ¿Para qué actúa así?.   

Observa cómo te trata longitudinalmente; revisa  los antecedentes de la persona que te acompaña a lo largo del tiempo. Si es un enemigo descubrirás  que  se ha desentendido justo en los momentos cruciales de que fueras tratado justamente.


Desconfía del ensalzamiento de la amabilidad. Las personas que emplean más energía en parecer honradas y bienintencionadas de lo que les costaría sencillamente serlo, son intrigantes y por tanto enemigas   peligrosas. Lo peor no suele venir de la persona que se confiesa egoísta, sino de quién asegura abrigar una "excelente intención".

Gástale una broma.  Todo enemigo padece ante la posibilidad de que tú seas dichoso. Así pues, basta con que inventes una noticia muy  agradable para contigo y la mantengas un buen rato, el suficiente para que se revele por un espacio de tiempo su reacción.

Tiéndele un anzuelo; pónselo fácil para fallarte.  Se trata de algo tan viejo  y sencillo como observar desde otro ángulo,  como hacía el teniente Colombo al volverse a girar súbitamente tras haberse despedido. ¿Temes que tu socio te time dinero? Deja metálico en un sitio en el que  pueda fácil y disimuladamente robar, ¿Crees que tu confidente está explicando cuestiones tuyas a terceros? Envíale a alguien de confianza a criticarte, o sencillamente pídele ayuda tal como si la necesitaras imperiosamente en algo que prácticamente no cueste nada.

Desoriéntale. Comenta como  normal alguna fechoría que supones te puede ya haber hecho, es probable que al ver cómo tú la aceptas, o  das por sobreentendida,  confiese algo que en condiciones normales nunca admitiría.

Sorpréndele, hay muchas normas no escritas dentro de las relaciones. Es buena idea saltárselas súbitamente, por ejemplo, aparecer por tu trabajo, negocio , o tu casa,  a horas no habituales sin previo aviso. Así, muchas personas han descubierto que aquellos en quienes más confiaban eran los que les estaban defraudando.

Detecta una de las formas más habituales de engañar y fastidiar a alguien  "sin ser visto" son las mentiras por omisión. Mediante estas,  el enemigo te pilla siempre desprevenido y en cambio tú no puedes acusarle de engaño.  Por ejemplo: tú crees que si hay una reunión con amigos comunes te invitará, pero las organiza sin ti (Te preguntabas ¿Por qué no me dijo nada si sabía que yo quería estar? pero la  mejor pregunta  es "para qué") ,  o supones que si se te olvida algo importante te avisará, pero sencillamente calla,  (¿Cómo no me avisó de que yo  tomaba una calle sin salida, si él justo venía de allí?)

La decepción es triste, pero peor es el autoengaño. Al fin y al cabo,  si reconoces la mala intención de alguien puedes hacer cosas,  incluso comprender que no da más de si y  perdonarle,  mientras que si  simplemente la ignoras, estás condenado a  soportarla.


Tras reconocer un enemigo tu vida continúa plácida en el ancho mundo, por el camino del medio: pues entre la paranoia y la ingenuidad queda un amplio paisaje de encuentros, aprecio, honestidad y entendimiento.






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